sábado, 10 de agosto de 2013
LOS SIETE PECADOS CAPITALES DE LA DIRECCIÓN
DE LA EMPRESA
B) PEREZA: El diccionario de la Real
Academia Española de la Lengua (RAE) la define como “Negligencia,
tedio o descuido en las cosas a que estamos obligados. Flojedad,
descuido o tardanza en las acciones o movimientos”.
Cuando
caemos en el inmovilismo o en la Ley del mínimo esfuerzo, pecamos de pereza. Si
no se realiza una adecuada planificación del hoy y del mañana, limitándose al
“verlas pasar”; cuando esperamos que los demás nos solucionen la papeleta, que
otros innoven para copiar después; cuando rogamos a la inspiración divina
mientras nos cruzamos de brazos; cuando decimos que “es mejor no tocar nada,
por si acaso”; cuando la pena nos deja plomo en las alas (Blas de
Otero), pecamos de pereza.
También pecamos de pereza cuando preferimos mirarnos el ombligo en vez
de prestar atención a todo nuestro alrededor: competencia, clientes,
proveedores, grupos de interés,….. Engañándonos al pensar que todo sigue
igual. ¿Recordáis esa imagen tan tierna de los niños muy pequeñitos
que se tapan los ojos para esconderse, pensando que -como ellos no
ven-, tampoco son vistos? Pues señor directivo: si juegas a esto, no inspirarás
ternura sino pena.
C) GULA: Desde la perspectiva del cristianismo, se define como un apetito
desordenado por comer o beber. Pero en un sentido menos religioso podemos decir
que la gula es todo exceso en las conductas destinado a obtener un
placer más o menos inmediato, a corto plazo.
Si
la gestión del directivo es cortoplacista, rigiéndose por solucionar el
problema que tiene delante y sin pensar en el futuro (“pan para hoy y hambre
para mañana”); cuando las decisiones se adoptan por la corriente imperante, por
lo que está de moda, sin pararse a reflexionar si es lo más conveniente para la
empresa, se está incurriendo en el pecado de gula. Cuando la política de
la empresa se guía por el “y eso también”, en un afán incontrolado
por coger todo lo que se ponga a su alcance, pensando en que así va a
satisfacer su pasión económica, pero sin valorar los efectos a medio y largo
plazo o cuál es el objetivo principal a conseguir, se busca la condena a la
pena eterna.
D) IRA: El diccionario de la RAE establece cuatro acepciones para esta
palabra: pasión del alma que causa indignación y enojo; apetito o deseo
de venganza; repetición de actos de
saña, encono o venganza; y furia o violencia de los elementos.
Entonces se adoptan decisiones cuya
finalidad es, casi en exclusiva, demostrar nuestro poder, nuestra superioridad
frente a clientes, proveedores, trabajadores,….. Nos ofuscamos, perdemos el
norte, y sólo nos guiamos por un propósito nada noble que, además, nubla la
visión lateral (las consecuencias en nosotros y en los demás). No dirigimos, no
lideramos y no negociamos: sometemos.
E) ENVIDIA: Si acordamos que hay dos tipos de
envidia, la insana se puede conceptuar como tristeza o pesar
por el bien ajeno o alegría ante la infelicidad del otro. Es también el
deseo de tener lo que no se posee. Desde luego implica un profundo auto
descontento, una gran pobreza de espíritu, una insatisfacción
constante.
Con la envidia “insana”, las decisiones que se adopten vendrán derivadas
de prestar más atención al otro que a mis propios intereses, objetivos,
necesidades, virtudes y defectos. Ello puede llevarnos a perder el rumbo y a
convertirnos en los mejores “benefactores” de nuestros enemigos.
La competencia está ahí para que aprendamos de y con ella; no para
determinar cómo debemos gestionar nuestra empresa. Pero si nos movemos por la
envidia, acabaremos sobrevalorando todo lo ajeno y desaprovechando lo propio; tiraremos
por la borda toda nuestra trayectoria anterior y, por supuesto, el futuro Acordaos de Napoleón: la envidia es una declaración de
inferioridad.
Y
si la envidia la sentimos respecto a nuestros compañeros, el desastre
garantizado será aún más rápido. Ojo a las empresas excesivamente departa
mentalizadas, en las que, para fomentar la competitividad, se establecen
cuentas de resultado separadas, se monitorizan los servicios que se prestan
entre ellos, se cuantifican exclusivamente los costes sin atender a otros
parámetros,…..
F) AVARICIA: Se suele identificar con un afán
desordenado de poseer y atesorar riquezas.
Pecamos de avaricia cuando nuestra gestión se centra sólo en el
beneficio económico o en el poder, pasando por encima de todo lo demás: grupos
de interés (internos y externos), responsabilidad social, innovación, futuro.
Y, a veces, aunque lo hayamos conseguido, tampoco lo disfrutamos ni lo
rentabilizamos: queremos más.
Pero también está el avaro que quiere disfrutar en solitario de lo
conseguido tanto con medios propios como con medios ajenos, abusando de una
situación de poder: presionamos y ahogamos a los proveedores, imponiéndoles
precios de compra; exigimos a nuestros trabajadores que redoblen esfuerzos,
pero sin contraprestación. ¿Conocéis a alguien que se vanagloria públicamente
de su colección de vinos, pero cuando os invita a su casa os da uno “corriente”?.
Y ¿qué decir del jefe que se arroga todo el mérito del trabajo de su
personal?. Su avaricia le dejará finalmente en absoluta soledad.
G) SOBERBIA: De las muchas definiciones
existentes, a efectos de este post me quedo con las siguientes: “Altivez
y apetito desordenado de ser preferido a otros. Satisfacción y
envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de
los demás”.
Soy el ombligo del mundo; sé todo lo que hay que saber de la gestión de
esta empresa, de lo que quieren nuestros clientes, de lo que es necesario para
sobrevivir, de quién es el mejor para cada puesto, de dónde está el problema,…
Lo que haga la competencia me trae sin cuidado: llevo haciendo esto toda
la vida y aquí sigo, he sobrevivido. No necesito aprender nada más.
¿Qué he cometido un error? Para nada: los equivocados son ellos; y ya
vendrán para pedir perdón; ya lo veréis. Confianza en mí mismo me sobra.
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